Pero ese equilibrio frágil está siendo cuestionado desde Washington. La propuesta de importar toneladas adicionales de carne argentina —presentada como solución a los precios altos— ha encendido una alerta roja en los corrales locales. “No queremos que nos salven con un atajo que nos deja sin futuro”, dice Tim Petersen, vicepresidente de la Asociación de Criadores de Ganado de Arizona. Su voz no es la de un lamento, sino la de quien ha contado cada dólar invertido en camiones de $100,000, en herraduras, en combustible, en veterinarios que ahora cobran más que en la ciudad más cercana.
Los números lo respaldan: según la Oficina de Estadísticas Laborales, la carne de res ha subido un 12% respecto al año pasado. Pero detrás de ese porcentaje hay más que inflación: hay una industria que recuperó el aliento. En Arizona, donde la sequía ha reducido el pasto natural a manchas esparcidas como cicatrices, los rancheros han tenido que reinventarse: rotación de pastoreo, sistemas de riego eficientes, cría selectiva. Todo eso cuesta. Y ahora, por primera vez, el mercado le está pagando lo que vale ese esfuerzo.
Ben Menges, criador en las afueras de Safford, lo dice con calma, casi con ironía: “Una libra de carne molida cuesta lo mismo que un latte de calabaza con canela. Pero al menos la carne no te deja con un pico de azúcar y luego un colapso”. Él no niega que los precios suben, pero insiste en que la verdadera barrera no es la oferta, sino la burocracia. “Tenemos más tierra que Francia, y no podemos aumentar el hato porque nos atoran con permisos que tardan más que un embarazo.”
La cifra que pocos mencionan es la que más duele: solo 86 millones de cabezas de ganado en todo Estados Unidos. La menor cantidad desde los años 50. No es un accidente. Es el resultado de décadas de regulaciones que desincentivaron la inversión, de políticas que favorecieron la importación barata en lugar de fortalecer lo local. Y ahora, cuando el sector empieza a recuperar terreno, alguien quiere abrir la puerta de nuevo a la carne extranjera, como si el problema fuera el precio y no el sistema.
En los mercados de Tucson, los vendedores ya notan el cambio: la gente pregunta por el origen. No por moda, sino por memoria. Por saber que esa carne no vino de un barco que cruzó el Atlántico, sino de la tierra que sus abuelos cultivaron con sudor y paciencia. Algunos compradores, incluso, pagan un 15% más por etiquetas que dicen “nacido y criado en Arizona”. No es un lujo. Es una declaración.