Entre los vecinos, “El tipo, creo que es su hijo, seguía gritando ‘¡Ayúdenme! ¡Ayúdenme!’”, relata Lawanda Holdbrook, quien salió a la escalera al oír el ruido. No vio al agresor. Solo vio a una mujer que ya no se movía, con el suelo manchado de algo que no se seca con agua fría. Llamó al 911 sin pensar en el riesgo. En esos segundos, el miedo no era abstracto: era olor a pólvora, piel contra concreto, y el eco de una voz que ya no volvería.
La víctima, identificada como Margarita Rosales, de 78 años, vivía sola en el apartamento 312 desde 2019. Según registros del complejo, era viuda, jubilada de la Secretaría de Salud, y mantenía un pequeño jardín de flores en el balcón que los vecinos llamaban “el rincón de la paz”. Nadie la había visto en tres días. Nadie supo que su hijo, Diego Rosales, de 32 años, había sido dado de alta de un centro psiquiátrico en Tijuana apenas dos semanas antes, tras un episodio de paranoia relacionado con delirios de persecución. Su nombre no aparecía en los papeles del apartamento. Ni en las listas de visitantes.
La policía levantó el shelter-in-place a las 7:30 p.m., pero no por falta de urgencia. Porque sabían que el sospechoso no estaba dentro. Las cámaras de seguridad captaron una figura con gorra y sudadera oscura saliendo por la puerta trasera, sin mirar atrás. El auto que lo esperaba —un Ford Ranger negro, sin placas visibles— se perdió entre las calles de Laveen. Las huellas dactilares en la puerta del apartamento coinciden con el historial penal de Diego: dos arrestos por agresión menor, uno por posesión de arma sin licencia, ambos en 2021. Nada que lo convirtiera en prioridad… hasta hoy.
Los vecinos, ahora con las ventanas cerradas y las luces encendidas, recuerdan cómo él venía cada dos semanas, siempre con una bolsa de comida, siempre con los ojos bajos. Nadie lo saludaba. Nadie lo invitaba a entrar. Algunos pensaron que era un amigo de la hija. Otros, que era un pariente lejano que nunca supo cómo hablarle a su madre. Nadie pensó que fuera el que la iba a matar.
La investigación se mueve ahora entre los archivos de medicina forense, los registros de medicamentos recetados en clínicas de Tijuana, y los mensajes borrados de una cuenta de WhatsApp que solo tenía un contacto: “Mamá”. La última comunicación, enviada el sábado a las 11:43 p.m., dice simplemente: “Voy a arreglar esto. No te preocupes.” No hay respuesta. No hubo tiempo para una.