La matrícula ha caído más de 3,000 estudiantes desde 2023. No por falta de interés, sino por cambios demográficos que el sistema educativo no logra ajustar a tiempo. “No se trata de que los niños no quieran estudiar, sino de que ya no hay tantos para llevar al aula”, señala una empleada de mantenimiento, quien lleva 18 años en la misma escuela secundaria del norte de Phoenix. En paralelo, los fondos estatales —ya de por sí entre los más bajos del país— se han desgarrado aún más con la expansión de las Empowerment Scholarship Accounts, que desvían recursos hacia escuelas privadas y educaciones domiciliarias.
El distrito, que agrupa a 23 escuelas y casi 4,000 empleados, ahora enfrenta un recorte de $20 millones para el ciclo 2026-27, con otros $15 millones previstos para el año siguiente. La respuesta no ha sido solo contención, sino reestructuración: una reducción de personal en fases, comenzando en diciembre, con un impacto estimado en 250 puestos. No hay despidos masivos anunciados, pero sí una desaparición gradual: puestos no reemplazados, horarios fusionados, programas extracurriculares suspendidos sin anuncio formal.
La directora de la escuela secundaria Roosevelt, que ha visto cómo su equipo de arte y música se redujo a la mitad en dos años, lo resume así: “Nos enseñaron a hacer más con menos. Pero cuando lo ‘menos’ ya no incluye a las personas, ya no es eficiencia. Es desmantelamiento”.
Entre las medidas, el distrito ofrece incentivos financieros para jubilaciones anticipadas —una estrategia que, aunque voluntaria, deja un vacío difícil de llenar. Maestros con más de 20 años de experiencia, muchos de ellos bilingües o especializados en educación inclusiva, se van sin ceremonia. Las nuevas contrataciones son temporales, con salarios más bajos y menos estabilidad. La brecha generacional no solo se nota en el aula, sino en la oficina de recursos humanos, donde los archivos ya no se llenan con currículos de recién graduados, sino con solicitudes de retiro.
El comité consultivo de presupuesto, creado el año pasado con la promesa de escuchar a estudiantes, familias y docentes, entregó su lista de prioridades en octubre. Entre las primeras: mantener la seguridad, preservar el transporte escolar y proteger los programas de nutrición. El arte, la música, el debate y los clubes de ciencia —los que construyen identidad— quedan en la parte baja. “No es que no sean importantes —dice un estudiante de último año—. Es que ya no hay dinero para lo que no se mide en exámenes estandarizados.”
La población estudiantil ya no es la misma que hace cinco años. Las comunidades que antes crecían con nacimientos constantes ahora enfrentan una caída en la tasa de fertilidad. La gentrificación ha desplazado a miles de familias hacia suburbios más alejados, donde el transporte escolar no llega o es prohibitivo. Y mientras los nuevos vecinos pagan impuestos más altos, sus hijos no entran en las escuelas públicas del centro. El distrito, que alguna vez fue el corazón de la educación urbana, ahora se convierte en un espejo de lo que el estado dejó de invertir —y lo que la sociedad dejó de construir.