Lo que siguió fue una secuencia que muchos en la frontera ya conocen: un alto, una duda, una aceleración. Según fuentes federales, el conductor —Jose Garcia-Sorto, un hombre de 32 años originario de Honduras— respondió al intento de control de ICE no con violencia, sino con miedo. El vehículo, según el informe preliminar del Departamento de Seguridad Nacional, “comenzó a alejarse abruptamente”. Un oficial, posicionado frente al auto, disparó dos veces. Uno de los proyectiles lo alcanzó.
Lo que no se dice en los comunicados oficiales, pero sí en los testimonios anónimos de conductores que vieron el incidente desde sus ventanas, es que el SUV no iba a gran velocidad. Ni siquiera rozaba los 60 km/h. Y que, antes de acelerar, hubo un momento —de tres o cuatro segundos— en que el hombre bajó la ventanilla, con las manos visibles, como si quisiera hablar. Nadie lo escuchó.
El hombre fue trasladado en ambulancia con luces apagadas. Su estado, hasta ahora, permanece en silencio. Mientras tanto, el oficial implicado fue llevado para evaluación psicológica —una rutina, dicen fuentes internas—, pero no arrestado. La FBI abrió una investigación por Asalto a Oficial Federal, aunque no hay evidencia pública de que el vehículo haya impactado a nadie. Tampoco se ha revelado si el SUV tenía documentos, si había pasajeros, o si el hombre tenía órdenes de deportación pendientes.
La respuesta del DHS no se hizo esperar: una declaración cargada de tono político, que atribuyó el incidente a “la retórica de políticos deshonestos” y a “activistas que incitan a resistir”. Pero en las calles de Phoenix, en los grupos de WhatsApp de migrantes, la conversación va más allá de las palabras oficiales. Se habla de un hombre que perdió su trabajo hace tres meses, que mandaba dinero a su hijo en San Pedro Sula, y que, según vecinos, nunca había tenido un arresto. Nadie lo vio con armas. Nadie lo oyó gritar.
Este es el 75º disparo de autoridades en Arizona este año. El segundo en menos de 12 horas. En Mesa, horas antes, otro enfrentamiento terminó con un muerto. En ambos casos, las cámaras de tráfico están apagadas. Las grabaciones de los cuerpos policiales, aún bajo revisión. Y en el centro de Phoenix, una madre de tres hijos, que vive a cinco cuadras del lugar, dijo en voz baja: “No es que no quieran cumplir la ley. Es que ya no saben cómo hacerlo sin romper algo más que un auto”.