Al día siguiente, el sitio cargó. Sin publicidad. Sin banners. Sin comentarios. Solo texto, limpio, denso, y con una lógica que parecía familiar… hasta que empezaste a leer.
La entrada sobre la esclavitud en Estados Unidos no negaba los hechos, pero los reordenaba. Citaba a filósofos del siglo XIX, fragmentos de discursos del Congreso confederado, y un párrafo que hablaba del “cambio del mal necesario al bien efectivo” como si fuera una conclusión histórica, no una justificación ideológica. Al final, el texto dedicaba más espacio a desmontar el Proyecto 1619 que a explicar la resistencia negra, la reconstrucción o el legado de las leyes de Jim Crow.
Buscar “matrimonio gay” devolvía cero resultados. Pero la sugerencia automática —“pornografía gay”— sí. Y allí, en una entrada de más de 1,200 palabras, se afirmaba que la epidemia del VIH/SIDA en los 80 fue exacerbada por “prácticas idealizadas en el contenido pornográfico”, vinculando directamente la sexualidad con la muerte, sin mencionar la negligencia gubernamental, la estigmatización o el activismo de comunidades LGBTQ+ que salvaron vidas.
Las entradas sobre medios de comunicación no eran críticas: eran acusaciones estructuradas. “WIRED ha abandonado el periodismo tecnológico para convertirse en un órgano de propaganda de extrema izquierda”, decía su propia ficha, citando a Musk como fuente principal. La entrada sobre CNN y The New York Times repetía la misma narrativa: culpaban a los medios de “distorcionar el cierre del gobierno federal” y de “atribuir sistemáticamente la culpa a los republicanos”, ignorando que el bloqueo fue producto de una fractura bipartidista que ambos partidos reconocieron en sus propios informes.
La entrada sobre Elon Musk superaba las 11,000 palabras. Tenía secciones como “Defensa de la vida multiplanetaria”, “Críticas a la cultura woke”, y hasta una lista titulada “Filmografía de Elon Musk” —como si hubiera protagonizado películas, no aparecido en documentales o series de Netflix. Las referencias eran abundantes: blogs de derecha, podcasts de libertarios, y foros de Reddit con más de 500 respuestas en un hilo de 2023.
Mientras tanto, la entrada sobre Sam Altman se reducía a un solo evento: su destitución temporal en 2023. Nada de su rol en el desarrollo de GPT, nada de su visión ética, nada de los cientos de investigaciones académicas que citan su trabajo. Solo el golpe interno. Como si su legado se resumiera en un error de junta directiva, no en años de innovación.
En México, donde Wikipedia ha sido durante años la primera fuente de consulta para estudiantes, profesores y periodistas, la diferencia no era solo técnica. Era de tono. De omisión. De qué se considera relevante, y qué se borra para que otra cosa ocupe su lugar. Algunas entradas sobre eventos recientes en Latinoamérica —la crisis de salud en Veracruz, el caso de Chabelo, la protesta en Oaxaca— ni siquiera existían. Pero sí había páginas sobre “la decadencia del periodismo latinoamericano” y “la infiltración ideológica en las universidades públicas”.
Lo que no se decía, pero se insinuaba en cada línea, era que esta no era una enciclopedia que buscaba comprender el mundo. Era una que intentaba reescribirlo, palabra por palabra, con una precisión algorítmica que no perdonaba matices —solo posturas.
