El asunto llegó a su punto álgido cuando la banda australiana King Gizzard & The Lizard Wizard descubrió que Spotify alojaba un álbum cuya cronología y contenido coincidía con su sello. La melodía y la portada sugieren un producto propio, sin embargo, la banda nunca tuvo participación alguna en la creación de dicho material. La intervención, realizada por un agregador digital indeterminado, terminó con una publicación que supuestamente formaba parte de su discografía oficial.
Los sistemas de recomendación de las plataformas, como Release Radar y Discover Weekly, funcionan bajo un modelo de volumen que premia la rapidez por sobre la veracidad. El caso de King Gizzard mostró cómo la IA alimenta algoritmos que crean “falsos” hits, que pronto alcanzan decenas de miles de reproducciones antes de ser retirados.
Los artistas independientes no se ven con la misma facilidad: la cantante folk Emily Portman descubrió una colección de piezas generadas por IA bajo su nombre, cuando seguidores comenzaron a preguntar por un álbum “inexistente”. La falta de equipo legal y de contactos directos con las plataformas agrava la pérdida de ingresos y el daño al posicionamiento dentro de un ecosistema que valora la constancia por sobre la originalidad.
Según la firma de análisis de streaming Luminate, se suben más de 100,000 canciones nuevas cada día. A su vez, Deezer estima que casi un tercio de todas las cargas provienen de sistemas de IA. Con una producción tan masiva, la verificación manual se vuelve prácticamente imposible, y los filtros automatizados de IA de las plataformas resultan insuficientes.
Las vías legales tradicionales están tardando, pues la velocidad con la que la tecnología avanza supera la capacidad de litigio de las instituciones. Incluso cuando un tribunal falla contra una empresa de IA, los modelos ya entrenados y las pistas distribuidas continúan circulando con la misma rapidez.
En respuesta, algunas voces de la industria proponen una capa adicional de seguridad a través de sistemas de autenticación basados en blockchain. La propuesta implica registrar la autoría en un registro inmutable que permitiría a las plataformas y al público verificar la procedencia de cada pista. Para que sea eficaz, sin embargo, la adopción debe ser masiva, los estándares deben unificarse y las plataformas tendrían que aceptar un mayor nivel de fricción a cambio de confianza en la cadena de valor musical.