En el dugout de los Dodgers, nadie habla de dinastías. No porque no las merezcan —con un récord de 14-1 en el último mes y una nómina que supera los 509 millones de dólares—, sino porque cada uno sabe que el peso no se mide en dólares, sino en entradas lanzadas, en batazos que no caen, en los minutos entre el séptimo y el octavo, cuando todo se vuelve silencio y respiración contenida.
“Probablemente estuve pensando en ello durante una semana… en qué podría haber hecho”, dice Blake Snell, mientras ajusta su guante en el bullpen. El zurdo que una vez fue el prodigio de Tampa Bay, ahora es un hombre de 32 años que entiende que la gloria no se compra, se construye en las sombras de los errores. Su último inicio en una Serie Mundial terminó con un jonrón de Austin Barnes y una derrota. Hoy, con el uniforme de Los Ángeles, no busca redención. Solo quiere lanzar como si cada bola fuera la última.
En el otro lado, Trey Yesavage, de 22 años, apenas ha completado siete aperturas en Grandes Ligas. Pero esta noche será el hombre que abra la Serie para Toronto. No tiene el nombre de Ohtani ni la historia de Freeman. Solo tiene el peso de representar a un país que no ha tenido un campeón desde antes de que muchos de sus fans nacieran. “Somos el equipo de este país”, dijo antes del entrenamiento, sin mirar a la cámara. Su voz no tembló. Su mirada sí.
Shohei Ohtani no practica en la jaula hoy. Prefiere el campo abierto, donde los batazos salen como flechas y se estrellan contra la cerca del jardín central, luego rebotan en la cubierta de vuelo, como si el propio estadio le estuviera pidiendo más. Hace una semana estaba en una racha de 2 de 25. Ayer, tres jonrones. Mañana, nadie sabe. Pero todos saben que cuando Ohtani batea en el campo, no está entrenando. Está recordándole al mundo que el béisbol moderno no tiene límites.
Vladimir Guerrero Jr. llega con promedio de .442. Seis jonrones en once juegos. No es un fenómeno. Es una ecuación resuelta. Cada vez que entra al plato, los aficionados de Toronto no gritan. Suspiran. Como si supieran que esto podría ser el momento en que la historia les devuelva algo que perdieron hace tres décadas.
Los Dodgers no han ganado dos títulos seguidos desde 1988. Nadie en la Liga Nacional lo hace desde 1976. Los Blue Jays, en cambio, son el único equipo canadiense que queda. Y ahora, en un estadio que ya no se llama SkyDome, pero que aún guarda el eco de Joe Carter, el béisbol vuelve a cruzar la frontera. No como invitado. Como contendiente.
El mánager de Toronto, John Schneider, no habla de Goliat. Dice que los Dodgers son un equipo. Con virtudes. Con defectos. Con lanzadores cansados, bateadores en racha, y una presión que no se mide en millones, sino en segundos. “Lo que expongamos de ellos… eso decidirá quién gana”.
Freddie Freeman, con su voz tranquila, lo dice sin pretenderlo: “No sé si realmente he comprendido el peso de esto”. Y tal vez nadie lo entiende hasta que el último out cae. Hasta que el silencio se rompe. Hasta que alguien, en algún rincón de Canadá, enciende la tele y recuerda que una vez, hace mucho, el béisbol fue suyo.
