El doble que había lanzado al jardín derecho en el primer inning ya era memorable; lo que vino después, casi inverosímil.
El primer jonrón, contra Max Scherzer, no fue solo potencia: fue precisión. Una pelota que rozó el techo del jardín derecho, como si el aire se hubiera detenido para dejarla pasar. En la quinta, con la presión ajustada y el bullpen de Toronto listo para apagar el fuego, Ohtani respondió con un doble productor que cambió el ritmo del juego. No celebró. Solo giró sobre sus talones y corrió, como si ya lo hubiera visto venir.
En el séptimo, con un out y el marcador empatado, volvió. Esta vez contra Seranthony Domínguez, una curva que se deslizó baja y adentro —y él la mandó a la misma tribuna donde había dejado el primero. Cuatro extrabases en un solo juego. Nadie lo había hecho desde Frank Isbell en 1906. Y nadie lo había hecho con un bate y una bola en la misma postemporada.
Ya son seis jonrones en cuatro partidos. Seis. Empata a Corey Seager como el máximo home runer de los Dodgers en una postemporada. Y aún falta un juego. Mientras los analistas revisan estadísticas de los 90s y los veteranos recordaban a Randy Arozarena en 2020, Ohtani se levantó del banquillo, se puso el guante y caminó hacia el montículo. No es solo el mejor bateador en la historia reciente. Es el único que puede dejar sin palabras a una ciudad entera, y luego, sin decir una palabra, volver a lanzar.
En el dugout, los jugadores no hablaban. Solo miraban. Algunos con las manos en la cabeza. Otros, con una sonrisa que no necesitaba explicación.
