En Canadá, los Azulejos no solo juegan: convierten cada entrada en un evento nacional. El primer juego, con el triunfo de Toronto por 11-4, atrajo a 7 millones de televidentes en Sportsnet, rompiendo récords históricos para la cadena. El segundo, aunque más ajustado, sumó 6,6 millones, consolidando la serie como la más vista en la historia del béisbol canadiense. Y no fue solo en inglés: 502.000 espectadores en TVA Sports, con comentarios en francés, marcaron el programa más visto en la historia de esa emisora.
En Japón, la historia es aún más inusual. La cadena NHK-G registró 11,8 millones de espectadores en el primer encuentro, el número más alto jamás alcanzado por un solo partido de la Serie Mundial transmitido en el país. El segundo juego, aunque más bajo, aún superó los 9,5 millones en NHK-BS. En conjunto, más de 10,7 millones de japoneses siguieron cada pitcheo, cada jugada, cada error que podía cambiarlo todo —sin publicidad, sin hype, solo con una cultura que nunca dejó de amar el béisbol.
En Estados Unidos, los números sí bajaron: de 14,5 millones el año pasado a 12,5 millones esta temporada. Pero detrás de esa caída hay una transformación más profunda. El juego que antes era un espectáculo de tres horas en primetime ahora se desglosa en múltiples plataformas: streaming, apps, redes. Los 13,3 millones del primer juego incluyeron a Univision, pero el segundo —sin cobertura en español— aún logró 11,6 millones. La audiencia no desapareció; se fragmentó.
Lo que sí se mantiene intacto es la escala global. Cuando se suman los tres mercados —EE.UU., Canadá y Japón—, la cifra supera los 30,5 millones de espectadores en los dos primeros juegos. Es la cifra más alta desde 2016, cuando los Cachorros terminaron con 108 años de sequía. Pero esta vez, no es una nación la que celebra: son tres.
En Toronto, los fanáticos encienden las luces de sus casas como si fuera un Día de Muertos. En Tokio, los bares se vacían a las 7 de la mañana para ver el primer lanzamiento. Y en Los Ángeles, donde la estrella de Freddie Freeman brilló el año pasado, ahora se mira hacia el norte, hacia el este, hacia el oeste —donde el juego, sin necesidad de gritos ni banderas, sigue siendo el mismo: una batalla de precisión, paciencia y corazón.
