Durante diecisiete años, Paul Tagliabue lideró la organización con una combinación de diplomacia y visión económica que dio lugar a la construcción de estadios de última generación, la firma de contratos televisivos que sumaron miles de millones a los aranceles de la liga y la instauración de normas disciplinarias que se convirtieron en referente para otras competiciones profesionales.
Entre sus contribuciones más relevantes destacan la política de consumo de sustancias que, según la propia liga, fue la más rigurosa del país, y la Implementación de la “Regla Rooney”, que obligó a los equipos a considerar candidatos de minorías para puestos de entrenador y, posteriormente, para cargos ejecutivos. Bajo su mandato, la NFL nunca experimentó un paro laboral y se consolidó como una entidad de estabilidad y crecimiento.
Con la muerte de Tagliabue, la liga se enfrenta a la pérdida de un personaje que, a pesar de sus críticas, fue considerado por muchos como el guardián del juego. Se informó que la familia del excomisionado notificó a la organización sobre su fallecimiento en la localidad de Chevy Chase, Maryland, y que la causa fue una insuficiencia cardíaca. Tagliabue, quien vivía con la enfermedad de Parkinson, tenía 84 años.
El portavoz de la NFL, Brian McCarthy, transmitió el comunicado oficial, mientras que el actual comisionado, Roger Goodell, recordó a Tagliabue como “el máximo guardián del juego”, expresando su gratitud y orgullo por haberlo tenido como mentor. Goodell recordó las horas compartidas que ayudaron a moldear a un ejecutivo, esposo y padre.A lo largo de su trayectoria, Tagliabue también enfrentó críticas por su manejo de las conmociones cerebrales en la liga. En 2017, se disculpó públicamente por comentarios que había hecho en 1994, reconociendo la falta de datos y la necesidad de una mayor transparencia en el tema. Aunque su postura fue considerada controvertida, su legado en la promoción de la diversidad y la estabilidad laboral sigue siendo reconocido.
Paul Tagliabue falleció rodeado de su familia, a la que pertenecen su esposa Chandler y sus hijos Drew y Emily. Su partida marca el cierre de una era de liderazgo que, según la visión de la NFL, fue esencial para la consolidación de la liga como un modelo de negocio y de deporte en el siglo XXI.
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