Desde el inicio, Nakatani mostró su estilo característico: largo, ordenado, con su zurda punzante y controlando el ritmo del combate. Sin embargo, a medida que avanzaba la pelea, Hernández dejó claro que no iba a pedir permiso. A mitad del combate, comenzó a presionar más, tocando el cuerpo de Nakatani y caminando sobre él sin mostrar miedo. Esta agresividad incomodó al favorito, quien dejó de dictar el ritmo y empezó a responder a la presión de su oponente.
A partir del séptimo round, Nakatani pasó más tiempo con la espalda contra las cuerdas, respondiendo en lugar de imponer su juego. Aunque conectó los golpes más limpios, no logró marcar la diferencia en el control del combate. Hernández, por su parte, no ganó, pero sí consiguió suficientes rounds para hacer la pelea incómoda y romper el dominio de Nakatani.
La decisión fue polémica. Las tarjetas 115-113 fueron aceptadas, ya que reflejaban lo cerrado de la pelea, pero el 118-110, especialmente proveniente de un juez local de Arabia Saudita, fue ampliamente criticado por no reflejar la verdadera dinámica del combate. Esa tarjeta eliminó por completo la presión que Hernández había generado durante la segunda mitad de la pelea y dejó un mensaje preocupante: que la presión no siempre es recompensada.
Aunque Nakatani mantuvo su invicto, la pelea dejó muchas preguntas sin respuesta y alimentó la posibilidad de un segundo enfrentamiento entre ambos boxeadores. Sin duda, la historia quedó a medias, y el resultado, aunque favorable para Nakatani, dejó claro que el verdadero espíritu del boxeo se mantiene vivo en el ring, más allá de lo que digan las tarjetas.