La imagen de Lionel Messi levantando el trofeo en hombros tras la final de Qatar 2022 es la fotografía con más "likes" en la historia de Instagram. Sin embargo, lo que pocos notaron en aquel momento de euforia es que el astro argentino no sostenía la Copa del Mundo original, sino una réplica fabricada por una pareja de aficionados de La Plata.
El periodista Alex de la Rosa relató recientemente en el pódcast El RePortero la confusión que vivieron los oficiales de la FIFA. En medio del caos, los guardias notaron con horror que había dos trofeos idénticos en el campo: uno en manos de Messi y otro sostenido por el polémico chef turco Salt Bae.La odisea de la copa "pirata"
Los dueños del trofeo falso, Paula Zuzulich y Manuel Zaro, mandaron a hacer la pieza de resina y cuarzo con baño de oro meses antes del torneo. Su único objetivo era que los jugadores la firmaran. La copa ingresó al estadio oculta en una mochila y, tras la victoria ante Francia, logró llegar al césped a través de un familiar del jugador Leandro Paredes.
La réplica fue tan bien lograda que engañó a los propios futbolistas. Durante 45 minutos, la copa pasó de mano en mano, permitiendo que Messi diera la vuelta olímpica con ella mientras la original se encontraba en otra zona del campo. Fue Ángel Di María quien finalmente se percató del error y, entre risas, le explicó a un incrédulo Messi que el trofeo que besaba no era el auténtico.Protocolos rotos y consecuencias
El incidente puso en evidencia las fallas en el estricto protocolo de la FIFA, que establece que el trofeo original debe ser resguardado inmediatamente después de la ceremonia oficial.
El caos se agravó por la intrusión de Nusret Gökçe (Salt Bae), quien no solo tocó la copa —algo reservado exclusivamente para campeones y jefes de Estado— sino que posó con ella para sus redes. Este gesto le costó caro al chef:
A pesar de la confusión técnica, la pareja argentina logró su cometido. La "copa pirata" regresó a sus dueños con los autógrafos de figuras como Lautaro Martínez, Leandro Paredes y el propio Di María, convirtiéndose en un objeto de valor incalculable que simboliza la desbordante pasión de un país que esperó 36 años para volver a la cima del fútbol.