El estreno de los Rayados de Monterrey en la Copa de Campeones de la Concacaf no fue el despliegue de jerarquía que su afición esperaba, sino más bien una lección de resistencia y orden impartida por el Xelajú de Guatemala. En el incómodo escenario del campo sintético, el gigante regiomontano se vio atrapado en un duelo sin ritmo, donde la disciplina táctica de los locales pesó más que el valor de la plantilla mexicana.
Desde el silbatazo inicial, la escuadra dirigida por Domenec Torrent mostró una versión alternativa, apostando por una mezcla de juventud y experiencia con figuras como Lucas Ocampo y Santiago Mele. Sin embargo, el guion del técnico mexicano Roberto Hernández Ayala funcionó a la perfección: el cuadro guatemalteco se convirtió en una muralla infranqueable que desesperó a un Monterrey incapaz de encontrar profundidad. Los abucheos que acompañaron a los jugadores al descanso fueron el reflejo de un primer tiempo estéril y carente de ideas.
En el complemento, la narrativa parecía favorecer a los albiazules con una mayor posesión de balón, pero el peligro real seguía ausente. Fue entonces cuando el estadio estalló en la recta final: Xelajú abandonó su postura defensiva y, en un contragolpe letal al minuto 84, Joffre Escobar definió con frialdad para poner el 1-0 que parecía sentenciar la tragedia regiomontana.
Cuando el ánimo de Rayados parecía completamente apagado y el reloj dictaba el fin, apareció la jerarquía individual. En el tiempo agregado, Jesús Corona se inventó un golazo que devolvió el aliento a los visitantes. El empate 1-1, aunque dejó un sabor amargo por el funcionamiento, otorga a Monterrey una ventaja estratégica gracias al gol de visitante para cerrar la serie en casa.