El Estadio Panamericano fue testigo de una de las finales más dramáticas en la historia del béisbol caribeño. Tras una batalla de volteretas que se extendió hasta los innings adicionales, los Charros de Jalisco lograron imponerse 12-11 sobre los Tomateros de Culiacán. El desenlace llegó de la forma menos esperada: un doble wildpitch permitió que la carrera del triunfo cruzara el plato, desatando la euforia de una afición que celebró el fin de una década de sequía para el representativo mexicano. Este encuentro marcó apenas la segunda vez en la historia del certamen que dos equipos del mismo país disputan la final, emulando lo sucedido en 2008 entre novenas dominicanas.
La victoria representa una redención personal para el manejador Benjamín Gil, quien tras cinco intentos fallidos, finalmente alzó el trofeo caribeño. El camino al título parecía despejado en el primer tercio del juego, cuando la ofensiva de Jalisco castigó el pitcheo sinaloense hasta poner la pizarra 9-1, destacando un cuadrangular de Bligh Madris y la histórica actuación de Michael Wielansky, quien igualó el récord de más imparables para un jugador de México en este torneo. Sin embargo, el bullpen tapatío colapsó en el quinto episodio, permitiendo una bravía reacción de los Tomateros que apretó el marcador y transformó el cierre del encuentro en un auténtico suplicio para los locales.
El dramatismo alcanzó su punto máximo cuando Víctor Mendoza, con una actuación soberbia, conectó un vuelacercas en la novena entrada que, sumado a la producción de Alí Solís, forzó el alargue del partido. Bajo un formato de muerte súbita donde México ha demostrado ser un especialista, los Charros supieron gestionar la presión para dejar tendidos en el terreno a sus compatriotas. Con este resultado, el béisbol invernal mexicano recupera el trono del Caribe, sumando su cuarto campeonato en finales directas y consolidando una nueva era dorada para el deporte nacional en la región.