Japón se despidió del Mundial 2026 tras caer 2-1 ante Brasil en los dieciseisavos de final, pero el partido quedó marcado por el gol de Kaishu Sano. El mediocampista de 24 años, que había sido titular del Mainz 05 en la Bundesliga, abrió el marcador y ofreció a su selección una breve ventaja antes de que la Canarinha remontara.
El gol de Sano adquiere una dimensión extra‑deportiva porque, apenas dos años antes, el jugador había sido detenido en Tokio bajo sospecha de agresión sexual en un hotel. El caso, que ocupó los titulares de NHK y Asahi TV, culminó con la decisión de la Fiscalía de archivar la causa y liberar al futbolista después de quince días de detención.
Tras el cierre de la investigación, Sano se trasladó a Alemania para incorporarse al Mainz 05 y, en 2025, regresó a la selección japonesa ofreciendo disculpas públicas y prometiendo recuperar la confianza de la afición. Sin embargo, su reincorporación generó polémica en redes sociales y entre analistas, quienes cuestionaron la rapidez con la que la Asociación Japonesa de Fútbol lo volvió a convocar, en un contexto de alta sensibilidad social ante la violencia sexual.
En el terreno deportivo, Sano superó el escándalo y se consolidó como titular en el Mainz gracias a su condición física y capacidad de recuperación. Su desempeño le valió el regreso a la selección y, finalmente, el gol que le dio a Japón una ventaja momentánea contra Brasil.
Brasil, liderado por Casemiro, igualó el marcador y, minutos después, Gabriel Martinelli anotó el gol de la victoria al minuto 86, enviando a la selección sudamericana a los octavos de final, donde se medirá contra Costa de Marfil o Noruega.
El caso de Kaishu Sano sigue alimentando el debate sobre la gestión de conductas presuntamente delictivas en el deporte y la responsabilidad de los organismos federativos para equilibrar la justicia, la rehabilitación y la competitividad.