El recuerdo de aquella jugada de Arjen Robben contra México en Brasil 2014 volvió a instalarse en la conversación, y los seguidores locales –mayoritariamente inclinados por Marruecos– lo dejaron claro con carteles y cánticos.
Ni las banderas neerlandesas que algunos se pintaron en el pecho lograron opacar ese reclamo. La Oranje, que llegó a Monterrey apenas un día antes del partido, sintió el ambiente hostil desde el banderazo de salida. Pero en la cancha, el duelo comenzó trabado, sin ritmo, como si el propio clima hubiera entumecido a ambos equipos. Los primeros 15 minutos fueron de tanteo, hasta que Crysencio Summerville tuvo el 1-0 en sus botines: solo frente a la portería, su remate se fue desviado.
Ahí despertó Marruecos. Achraf Hakimi, con dos disparos que Bart Verbruggen sacó en la línea, encendió las alarmas neerlandesas. El portero del Brighton se convirtió en una muralla, pero el equipo de Koeman no lograba conectar dos pases seguidos. La primera mitad se fue con un par de centros de Bilal El Khannouss que Ismael Saibari no pudo concretar, y un fogonazo de Micky van de Ven que Yassine Bounou voló a despejar.
Para la segunda parte, la superioridad marroquí era evidente. Hakimi se paseaba libre por la banda, Brahim Díaz buscaba el hueco que no encontró antes del descanso, y Países Bajos solo respondía con los tachones errados de Summerville. El partido parecía encaminarse a un empate sin goles que nadie quería, cuando en el minuto 72 todo cambió: Summerville recorrió medio campo, metió un pase filtrado y Cody Gakpo, con una definición helada, batió a Bono en el uno contra uno.
Gakpo no lo celebró con euforia. Cayó de rodillas, el rostro desencajado, mientras sus compañeros lo rodeaban. Horas antes se había sabido que su esposa, embarazada, perdió al bebé. El fútbol, ese deporte que a veces parece escrito por un poeta cruel, le dio un gol en el momento más oscuro de su vida. Los jugadores neerlandeses, desde el césped y el banquillo, formaron un escudo humano a su alrededor.
Marruecos, aturdido, no bajó los brazos. Siguió insistiendo, y cuando el reloj marcaba el minuto 90, Issa Diop apareció en un tiro de esquina para empatar y llevar el partido a la prórroga. Los siguientes 30 minutos fueron un páramo: ambos equipos se cuidaron, ninguno quiso arriesgar, salvo Verbruggen que voló para negarle el gol a Soufiane Rahimi cuando el delantero marroquí ya cantaba el 2-1.
Así llegó la tanda de penaltis. La montaña rusa se desbocó: Koopmeiners anotó, Kluivert falló, Weghorst anotó, Timber falló, Summerville falló. Verbruggen, que había sido el héroe de la noche, vio cómo un balón que ya había controlado se le escurría entre los guantes para darle vida a Marruecos. Hakimi pudo liquidar todo, pero estrelló su disparo en el poste. Entonces apareció Bono: una mano providencial para negarle el penalti a Summerville, y en el otro extremo, Ismael Saibari, con la sangre fría de quien sabe que tiene la historia en sus pies, fusiló el 2-3.
Marruecos, invicto y con paso perfecto, ya espera en octavos a una de las anfitrionas: Canadá. La Oranje, en cambio, se va a casa con la sensación de haber tenido el partido en la mano y dejarlo escapar entre penaltis y recuerdos que pesan más que un gol.