La tarde del octavo de final entre México e Inglaterra se inició bajo un cielo gris y una lluvia que, lejos de detener el entusiasmo, amplificó la tensión en el Estadio Azteca. A las 14:30 h, los relámpagos comenzaron su “orquesta” mientras el público, 80 824 almas, vibraba al ritmo de los DJ locales, Hechizeros Band y el icónico “El Sonidito”.
El ambiente se tornó casi ritual: los cánticos mexicanos alcanzaron los 49 dB, superando con creces los 30 dB de los visitantes. La energía colectiva hizo temblar la estructura de concreto, como si el propio estadio quisiera participar del duelo.
En medio de la tormenta, la música no cesó. Depeche Mode, Oasis y Harry Styles fueron coreados por la afición, mientras El Tri, la banda que comparte nombre con la selección, entonó “Ella existió, solo en un sueño”. Los bailarines de Dambo Drums, con rostros pintados, incitaron al grito de “¡Dale México, dale, dale oh!”.
El primer error inglés llegó con la tarjeta amarilla a Declan Rice, y los mexicanos, con el corazón a mil, vieron cómo Raúl Jiménez disparó al arco, aunque Pickford detuvo el intento. En la pausa de hidratación, ambos bandos cantaron Mr. Brightside, un momento de camaradería que contrastó con la inminente tragedia deportiva.
El minuto 35 marcó el punto de inflexión: Jude Bellingham anotó, y el “¡México, México!” se apagó bajo un manto gris. Las banderas tricolores, antes ondeando con fervor, quedaron reducidas a meros trozos de tela. Sin embargo, Julián Quiñones, con la voz del jugador 12, incitó a la afición a no rendirse, y el grito de gol volvió a resonar, aunque insuficiente para revertir el destino.
El medio tiempo, acompañado por Maná y el clásico “El Rey”, sirvió de válvula de escape para emociones que desbordaban como las alcantarillas de la ciudad en época de lluvias. Al final, el Estadio Azteca quedó en silencio, testigo de un sueño truncado y de la certeza de que “And if yes” se convirtió, para muchos, en “Y si, sí… pero no”.