El jueves, los Los Angeles Dodgers fueron recibidos en la Casa Blanca por el presidente Donald Trump, en una ceremonia que celebró su segundo título consecutivo de la Serie Mundial. El dueño del equipo, Mark Walter, entregó al mandatario un anillo personalizado y una camiseta con el número 47, símbolo de la victoria.
La visita, tradicional para los campeones de las Grandes Ligas, generó una fuerte reacción entre la afición latina del club. Muchos seguidores recuerdan que, meses atrás, Trump lanzó un operativo antiinmigración en Los Ángeles que provocó redadas, protestas y decenas de heridos, lo que avivó la tensión entre la comunidad hispana y la administración estadounidense.
Dos figuras clave del plantel, el estadounidense Mookie Betts y el puertorriqueño Kiké Hernández, no asistieron al evento. Betts alegó que prefería pasar tiempo con su familia, mientras Hernández, aún recuperándose de una lesión, comentó que probablemente no habría ido de todos modos. Ambos ausencias fueron interpretadas por parte de la afición como una postura de solidaridad con los afectados por las políticas migratorias.
El resto del equipo, incluida la superestrella japonesa Shohei Ohtani, estuvo presente. Ohtani recibió una moneda presidencial de desafío, mientras el presidente Trump expresó su entusiasmo: "Estoy encantado de decirles bienvenidos de nuevo a la Casa Blanca, y quizá los vea otra vez el año que viene".
La polémica se intensificó al compararse la visita de los Dodgers con la del Oklahoma City Thunder, campeón de la NBA en 2025, que rechazó ser recibido por Trump. Los aficionados latinos del Dodgers, históricamente leales y numerosos, criticaron la falta de una postura pública del equipo frente a las redadas, señalando que la ceremonia reabrió heridas aún no curadas.