“No soy el mismo que dejó el reggaetón en la calle,” dijo, sin pausas ni gestos teatrales. Y no era una metáfora. Habló de noches en las que se quedó mirando el techo, preguntándose si el éxito había sido un camino o una trampa. De cómo, tras años de ritmos que movían estadios, ahora escucha a su hijo dormir y piensa en lo que realmente importa.
El lanzamiento de “Sonríele” no fue un hit planeado. Fue un grito en medio del silencio: una canción hecha en un estudio pequeño, sin promoción, sin campaña, sin invitaciones a programas. Y sin embargo, se coló en los oídos de México, Colombia, Perú, y hasta en las radios de barrios en San Juan donde ya nadie ponía música de él. “No fue mi intención curar a nadie. Solo quería que alguien, en algún lugar, se olvidara de su dolor por tres minutos”.
Las cifras lo dicen: número uno en Billboard Latin Airplay, más de 200 millones de reproducciones en menos de tres semanas. Pero lo que no aparece en los gráficos es lo que pasó en los comentarios de YouTube: madres que lo escuchan mientras lavan platos, jóvenes que lo ponen antes de ir a terapia, exconvictos que lo mandan a sus hermanos en prisión. “La música no es solo entretenimiento. A veces es el último puente que queda,” añadió, con la voz más baja de lo habitual.
El hombre que once años atrás decía que “la calle era su escuela” ahora habla de lecturas espirituales, de terapias semanales, de la quietud que aprendió en los primeros amaneceres después de dejar la rumba. No niega su pasado. Lo nombra. Lo abraza. Pero lo deja atrás como quien deja una chaqueta en la puerta de casa: útil, pero ya no necesaria.
En el escenario, cuando le preguntaron si se sentía “terminado”, sonrió con una leve sacudida de cabeza. “Estoy en construcción,” respondió. Y en ese momento, todos entendieron: no era una disculpa. Era una declaración de vida. No un artista que se retira. Un hombre que se reconstruye, con cada nota, con cada silencio, con cada sonrisa que su canción logra en la oscuridad.