En la jornada inaugural del Festival de Cannes 2026, los internautas recordaron el episodio que, hace quince años, convirtió al director danés Lars von Trier de "niño mimado" de la Croisette a una figura de "persona non grata" en cuestión de segundos.
El 13 de mayo de 2011, durante la presentación de su película Melancolía, la periodista británica Kate Muir le preguntó sobre la influencia de la estética romántica alemana y sus raíces culturales en la obra. Von Trier respondió con una serie de declaraciones incendiarias, culminando en la frase que provocó la mayor polémica: "Entiendo a Hitler, simpatizo con la persona". La respuesta, percibida como una glorificación del dictador, desencadenó una reacción inmediata y fulminante por parte del jurado y la organización del festival.
Al día siguiente, Cannes tomó una medida sin precedentes: expulsó formalmente a von Trier, le prohibió el acceso a la sede y a la ceremonia de premios, y emitió un comunicado que subrayó la intolerancia del festival ante cualquier forma de apología de crímenes de guerra. La polémica no se limitó al ámbito cinematográfico; la Fiscalía francesa abrió una investigación por "glorificación de crímenes de guerra" y, en octubre de 2011, la policía danesa interrogó al director.
El incidente marcó un punto de inflexión en la carrera de von Trier. Tras el escándalo, el creador del Dogma 95 anunció un voto de silencio que mantuvo durante años, y comenzó a presentarse en eventos con camisetas que llevaban el lema "Persona non grata" como una forma de sarcasmo y reivindicación artística. En entrevistas posteriores intentó aclarar que sus palabras formaban parte de un ejercicio de humor negro, pero el daño a su reputación ya estaba hecho.
Hoy, mientras el jurado de 2026 evalúa nuevas propuestas cinematográficas, el recuerdo de aquel discurso sigue resonando como una advertencia: en Cannes, una frase mal colocada puede ser más destructiva que cualquier crítica de película. El caso de von Trier se ha convertido en un referente de los límites entre la provocación artística y la responsabilidad ética, y sigue alimentando el debate sobre la "cultura de la cancelación" en la industria del cine.