En medio de la función de Perfume de Gardenia, la actriz venezolana Marjorie de Sousa pidió pausar todo, incluso la ficción, para enfrentar una realidad que le partía la voz.
Lo que ocurrió después no fue un acto de improvisación, sino un gesto que muchos en el público no esperaban. Entre luces y butacas, la artista interrumpió el espectáculo para hablar de su país, de los terremotos que sacudieron Venezuela y de la gente que, según sus propias palabras, “está bajo los escombros”. No fue un discurso ensayado. Fue una fractura emocional en vivo.
“Hoy mi país se derrumbó y entre los escombros hay mucha gente”, soltó Marjorie al micrófono, mientras el teatro contenía el aliento. Y entonces pidió un minuto de silencio. No por protocolo, sino como un abrazo colectivo hacia los que ya no están y hacia los que aún buscan sobrevivir. El gesto se sintió genuino, sin maquillaje escénico.
La actriz confesó después que estuvo a punto de no salir a escena. “Pensé en no trabajar, pero me sentía culpable”, dijo a los medios al término de la función. “Es mi trabajo, debo cumplir con el público y mis compañeros”. En sus palabras se coló una tensión que pocas veces se ve en las redes sociales: la de alguien que carga con su deber profesional mientras el corazón se le parte por las noticias que llegan desde su tierra.
Marjorie no se limitó a pedir silencio. También cuestionó la reacción de las autoridades venezolanas frente a la emergencia. “Se movieron más rápido que mi propio ejército, que no ha salido a ayudar a nadie”, señaló, directa, sin titubeos. Una crítica que en un país polarizado no pasa desapercibida, pero que ella lanzó sin buscar reflectores, sino desde la urgencia de ver a su gente desamparada.
“No fue una zona, fueron muchos estados de Venezuela. Está muy feo”, agregó, citando a amigos que le han dicho que la situación real es peor de lo que se ve en redes sociales. La magnitud del desastre, dijo, es mayor de lo que muchos creen. Y mientras hablaba, la imagen de los rescatistas voluntarios se colaba en su relato: “Muchos jóvenes con las uñas sacando las garras para ayudar a mi país. Tenemos un pueblo maravilloso”.
El cierre de su intervención fue una sentencia que quedó flotando en el aire del teatro: “Que vean que somos un pueblo y no nos pueden desunir”. Sin consignas, sin aspavientos. Solo la certeza de que, entre el dolor y la crítica, hay una actriz que usó su escenario para algo más que entretener.