Pero detrás del brillo de los reflectores, algo más profundo se movía en las sombras de la industria.
Lo que muchos celebraron como un reconocimiento a su trayectoria, otros lo vieron como un símbolo de un sistema más complejo: el de las regrabaciones, los retoques de autoría y los acuerdos que no siempre se ven, pero que siempre se sienten. En el corazón de la polémica está una canción: “La gata bajo la lluvia”, un clásico de Rocío Dúrcal, compuesto por Rafael Pérez Botija en los años 70. Una pieza que, según fuentes cercanas a la sociedad de autores, ahora aparece en bases estadounidenses con Ángela Aguilar como coautora, bajo el título ligeramente modificado de “La gata bajo la lluvia (Versión Ángela Aguilar)”.
Manu Moreno, compositor ganador del Grammy y figura respetada en los círculos de la música latina, no se quedó callado. “Es muy interesante este caso que se dio con la canción ‘La gata bajo la lluvia’, donde Ángela Aguilar y su equipo cambiaron el nombre… para registrarla como versión y así poder poner a nuevos compositores”, dijo en una entrevista reciente. Su crítica no apunta solo a una persona, sino a una práctica que, aunque legal, se desliza por la línea del eticamente cuestionable. “Ahí obviamente hubo un arreglo monetario con el compositor original, que es el señor Pérez Botija, si no no se podría haber hecho, pero no deja de ser una práctica corrupta”.
El caso no es aislado. En los últimos tres años, al menos cinco versiones de canciones clásicas mexicanas han sido registradas en Estados Unidos con nombres alterados y nuevos autores añadidos —a menudo hijos o allegados de intérpretes famosos—, mientras los compositores originales, muchos ya fallecidos, apenas reciben reconocimiento público. Entre ellas: “Cucurrucucú paloma”, “Amor eterno” y “Invítame a un café”, esta última sí coescrita por Ángela Aguilar, en colaboración con Steve Aoki, y que sí tiene un fundamento autoral verificable.
Lo que diferencia a este caso es la simbología: Ángela no solo canta el patrimonio, lo firma. Y en una industria donde los derechos de autor son el último bastión de dignidad para los creadores, esa firma, aunque respaldada por contratos, suena como una reescritura silenciosa de la historia. El Salón de la Fama de Compositores Latinos no ha emitido declaración oficial. Tampoco lo ha hecho el equipo de Ángela Aguilar. Pero en los foros de productores, en los cafés de Coyoacán y en las salas de reunión de ASCAP, la conversación ya no gira sobre quién cantó mejor… sino sobre quién tiene derecho a decir que la escribió.