Según la Reserva Federal de Dallas, una de cada cuatro empresas en Texas depende de mano de obra migrante —un porcentaje que ha crecido casi un 10% en los últimos dos años—, pero hoy, lo que más preocupa no es contratar, sino mantener. En julio de 2025, el 13% de los negocios reportó una caída significativa en su capacidad para retener empleados, mientras que apenas el 2% vio mejoras. Las cifras no mienten: la fuga no es voluntaria. Es una huida.
En el sector de servicios, donde los hoteles se llenan de turistas y las cocinas nunca cierran, el 14% de los empleados han desaparecido en el último año. “La limpieza no se hace sola, y nadie quiere limpiar una habitación si mañana puede ser detenido en el estacionamiento”, dice un gerente de cadena hotelera en San Antonio. En el comercio minorista, las tiendas de conveniencia reportan caídas en ventas no por falta de clientes, sino por la ausencia de quienes los atienden. “Cuando el encargado de caja se va, el cliente se va con él”, confirma un propietario en Houston.
La manufactura, antes el motor silencioso del crecimiento texano, ahora enfrenta paradas técnicas por falta de operadores calificados. El 10% de las plantas ha reducido turnos, y otro 9% ha dejado maquinaria inactiva. “No es que no haya gente dispuesta a trabajar —dice un supervisor en McKinney—. Es que la gente que sí trabajaba, ya no puede.”
Las estadísticas lo confirman: el 60% de las empresas afectadas no logra contratar personal calificado porque carece de permisos legales. Y el 49% ha visto cómo las solicitudes de empleo de extranjeros se desploman. Algunos, incluso, han dejado de postularse. “Si tu estado es una bomba de tiempo, ¿por qué aplicar a un trabajo que puede desaparecer mañana?”, pregunta un ingeniero de origen mexicano, que dejó su puesto en una planta de semiconductores en Austin tras recibir una notificación de revisión de visa.
Las empresas han probado todo: aumentar salarios, ofrecer transporte, contratar más locales. Pero la realidad es simple: los ciudadanos estadounidenses no están disponibles en la cantidad, ubicación ni flexibilidad que exige este mercado. “Si los hubiera, ya los tendríamos”, señala el informe de la Reserva Federal. Así que algunos recurren a lo que llaman “soluciones de emergencia”: horas extras que agotan a los que quedan, o turnos rotativos que rompen la vida familiar. Otros, más pragmáticos, buscan en el extranjero lo que ya no encuentran aquí.
Un 3% ha trasladado operaciones completas a México, Centroamérica o incluso a Europa. “No es una decisión sentimental —explica un dueño de una empresa de logística en Dallas—. Es una ecuación: si no puedes tener trabajadores, no puedes tener negocio.”
Las visas H-1B, antes una puerta de acceso, ahora son un laberinto burocrático con precios de más de $10,000 por solicitud y una tasa de rechazo que casi duplica la de hace tres años. “Nos dijeron que teníamos un ‘riesgo de fraude’ por contratar a alguien que lleva 7 años en el país. ¿Cómo es fraude si tiene recibos de renta, impuestos y un hijo en la escuela pública?”, pregunta un empresario del sector tecnológico, con voz cansada.
En el fondo, lo que se juega no es solo la productividad de un mes, sino la competitividad de un estado que creció más rápido que casi cualquier otro en la última década. Texas no se convirtió en el imán empresarial que es por accidente. Lo hizo porque su fuerza laboral era dinámica, diversa y dispuesta. Hoy, esa dinámica se está desmoronando, no por falta de demanda —la tasa de desempleo sigue en 4,1%—, sino por una oferta que se evapora.
En los pueblos del norte, donde los campos de algodón se extienden hasta el horizonte, los agricultores ya no esperan a los jornaleros. Han dejado cosechas enteras en el suelo. En las ciudades, los restaurantes cierran antes. Los constructores postergan proyectos. Y en los despachos de contadores, las facturas de horas extras se acumulan como nieve en invierno.