En 2026, el ajuste del 2.8% —aunque superior al del año anterior— no llega ni a la mitad de lo que muchos necesitan para mantenerse. Para quienes viven de una pensión promedio de $2,071 mensuales, ese aumento de unos $56 adicionales se desvanece antes de que llegue a la billetera. El verdadero golpe llega con la subida de las primas de Medicare, que en 2026 podrían saltar a más de $206 mensuales, casi el doble del incremento del año pasado. Para muchos, esa cifra se come casi la mitad del aumento, y para otros, lo consume por completo.
Lo que nadie dice en los comunicados oficiales es que el índice que se usa para calcular esos ajustes —el CPI— fue diseñado para trabajadores activos, no para quienes pasan la mitad del mes en la farmacia o pagando consultas que el seguro no cubre. “No es lo mismo comprar gasolina que comprar insulina”, señala un informe de AARP. Los adultos mayores gastan hasta un 40% más en salud que los menores de 50 años, pero el sistema no lo refleja.
Entre 2010 y 2024, el poder adquisitivo de las pensiones se desplomó un 20%. Quienes se retiraron hace 14 años necesitarían hoy $370 extra al mes solo para recuperar lo que perdieron. Eso no es inflación: es un desplazamiento silencioso. Y mientras el gobierno anuncia cifras técnicas, en los barrios populares de la Ciudad de México, en los pueblos de Oaxaca y en las colonias de Guadalajara, las abuelas hacen cuentas con la punta de un lápiz: ¿cuánto cuesta hoy un litro de leche? ¿Y el medicamento para la presión? ¿Cuántas veces puedo volver a pedirle a mi hijo que me ayude este mes?
El sistema no está roto: está diseñado para no verlos. Y mientras los índices se ajustan con retraso, los precios no esperan. La próxima subida de primas se anunciará en diciembre. Para entonces, ya habrán pasado dos meses sin que el aumento de la pensión haya llegado a las manos de quienes más lo necesitan. Y el silencio, otra vez, será la respuesta.