El alza mensual, de apenas 0,3%, quedó por debajo del 0,4% estimado por Dow Jones. Y detrás de ese número aparentemente modesto, se escondía una historia más compleja: el precio de la gasolina disparó un 4,1% en un solo mes, convirtiéndose en el único motor real de presión inflacionaria. El resto de la canasta, desde alimentos hasta electrónicos, se mantuvo casi estancada —incluso con los aranceles de Trump aplicados desde agosto y los costos de importación en máximos de dos años.
Lo que sorprendió no fue el aumento, sino su restricción. “El impacto de los aranceles se está disipando más rápido de lo que se pensaba en las oficinas de Wall Street”, señaló una fuente anónima dentro de un banco de inversión en Nueva York. Las empresas, en lugar de trasladar el costo completo al consumidor, absorbieron parte del golpe. Algunas reestructuraron cadenas de suministro; otras, simplemente redujeron márgenes. La economía real, en muchos casos, actuó como amortiguador.
En supermercados de Texas, Illinois y Maryland, los compradores notaron que el litro de leche no subió, pero el galón de gasolina sí. Y eso cambia todo. El índice de precios al consumidor, aunque técnico, deja ver una realidad más humana: cuando el combustible se encarece, las familias recortan viajes, posponen reparaciones, y dejan de comprar ese extra en el carrito. Pero no se desesperan. Aún no.
La Reserva Federal, con el cierre gubernamental paralizando casi toda la maquinaria estadística, recibió este dato como una brújula en medio de la niebla. Las actas de su última reunión ya advertían sobre el equilibrio frágil entre el empleo debilitado y el riesgo inflacionario. Ahora, con el 3% en el horizonte y el crecimiento del empleo aún débil, la decisión del próximo miércoles parece menos un giro radical y más una corrección técnica. Un recorte de 25 puntos básicos, casi unánime en los pronósticos, sería menos una señal de alarma y más una señal de que el banco central sigue priorizando la estabilidad sobre la contención agresiva.
En las calles de Rockville, una mujer pone en el carrito dos litros de gasolina, un paquete de frijoles y un pan de maíz. No mira el ticket con preocupación. Lo mira con resignación. Y sigue caminando.