La base, un espacio militar tranquilo hasta hace unos días, se convirtió en epicentro de una tensión que trasciende lo policial. Desde el miércoles, más de cien personas —estudiantes, activistas, trabajadores migrantes— se apostaron frente a las puertas, sabiendo que este lugar no era solo un depósito de embarcaciones, sino un punto de despliegue para agentes de Customs and Border Protection. El gobierno lo confirmó: era parte de una operación más amplia, una ofensiva coordinada contra la inmigración irregular en la Bahía de San Francisco. Y los manifestantes no iban a dejar que se instalara sin luchar.
La noche anterior, las autoridades habían usado granadas de humo y dispositivos de estruendo para dispersar a los grupos que intentaban bloquear vehículos de carga. Algunos grabaron cómo los agentes, con cascos y escudos, avanzaban en formación, mientras otros cantaban canciones de protesta en español y náhuatl. Nadie pensó que la respuesta sería letal. Pero cuando el camión retrocedió —con una velocidad que nadie pudo explicar—, las reglas de engagement cambiaron. “When the vehicle’s actions posed a direct threat to the safety of Coast Guard and security personnel, law enforcement officers discharged several rounds of live fire”, dijo la Guardia Costera en su comunicado oficial. No hubo advertencia previa de armas de fuego. Solo el sonido de la reversa y luego, el fuego.
Según videos difundidos por CBS, el vehículo pasó cerca de dos personas que no eran parte de la protesta. Una mujer, de unos 40 años, fue vista caer al suelo tras el impacto de un esquirla. Un hombre que caminaba con su hijo de cinco años se lanzó sobre él para protegerlo. Ambos fueron trasladados a un hospital cercano. Las autoridades no han confirmado si sufrieron heridas graves. Tampoco han identificado al conductor. La FBI ha asumido la investigación. Y en las redes, las teorías se multiplican: ¿era un manifestante desesperado? ¿Un agente encubierto? ¿O simplemente alguien que perdió el control?
En el interior de la base, los guardias no hablan. Pero quienes los conocen dicen que esto no es lo que ellos firmaron cuando se unieron. “Estamos aquí para salvar vidas en el mar, no para convertirnos en blanco de la política”, dijo uno, en anonimato. Mientras tanto, en Washington, el vicepresidente JD Vance volvió a tuitear: “The obsessive attack on law enforcement, particularly ICE, must stop”. Pero aquí, en Alameda, la pregunta no es quién ataca a quién. Es por qué, en un país que se dice democrático, el miedo se ha vuelto la única moneda que todos entienden.