Desde hace semanas, viajeros que regresan de Estados Unidos han notado algo nuevo: los agentes no solo piden documentos, sino que piden mirar directo a la lente. Sin explicación larga. Sin firma. Solo un destello de luz azul y una voz que dice: “Por favor, mantenga su rostro visible”.
Lo que antes era un trámite de entrada —sello en el pasaporte, pregunta rápida sobre duración de la estadía— ahora se convirtió en un ciclo de dos puntos: al llegar, al irse. Y no solo en los aeropuertos. En fronteras como Tijuana, Nuevo Laredo o Matamoros, los controles terrestres también han integrado escáneres faciales y lectores de huellas en sus estaciones de revisión. Nadie lo anuncia con pancartas. Pero los que van y vienen, lo saben.
La regla del Departamento de Seguridad Nacional de EE.UU., publicada en el Registro Federal el 27 de octubre de 2025 y vigente desde el 26 de diciembre, no distingue entre turistas, estudiantes, trabajadores temporales o adultos mayores. Tampoco hace excepciones por edad o nacionalidad. Si no eres ciudadano estadounidense, tu rostro, tu huella, tu tiempo dentro del país —todo— queda registrado. Y ahora, no solo cuando entras. También cuando te vas.
“Este sistema permitirá confirmar la identidad de quienes buscan entrada y verificar su salida”, dice el DHS en su justificación oficial. Pero detrás de esa frase burocrática, hay un cambio más profundo: la frontera ya no es un punto, es un registro. Cada vez que un mexicano con visa H-2B abandona El Paso, cada vez que un estudiante de la UNAM sale de Chicago, cada vez que un trabajador agrícola regresa a Sinaloa tras seis meses en California, su imagen y sus datos se cruzan con una base de datos federal. Y si no coinciden… hay preguntas.
Abogados como Kate Lincoln-Goldfinch, de la firma Lincoln-Goldfinch Law en Texas, advierten que esto no es solo logística. Es “un nuevo paradigma de vigilancia”. Y lo que más inquieta no es la recopilación, sino la persistencia: ¿cuánto tiempo se guardan esos datos? ¿Quién los accede? ¿Qué pasa si una persona fue confundida con otro por un error de algoritmo? ¿Y si alguien viajó por error y ahora aparece como sobrestadante?
En la práctica, los viajeros no tienen opción de rechazarlo. No hay botón de “no consiento”. La tecnología no pregunta: exige. Y mientras el gobierno insiste en que esto combatirá el terrorismo, el fraude documental y las sobrestadías, muchos viajeros comunes —los que no tienen antecedentes, los que cumplen con todo— se preguntan: ¿por qué nosotros también debemos ser parte de esa red?
En la terminal A del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una mujer de 68 años, que viaja cada invierno a Dallas para visitar a su nieta, se detuvo al salir. “Antes me decían ‘buen viaje’. Hoy me dijeron: ‘Mire aquí, por favor’. No entendí. Pero lo hice. ¿Y ahora? ¿Me van a recordar cuando vuelva? ¿Me van a saber?”