La tasa de fecundidad se hunde en 1.0 hijo por mujer, cifra que coloca al país casi en el último lugar global. A pesar de los esfuerzos oficiales —subsidios de hasta 50 mil yuanes por tercer hijo, vacaciones matrimoniales extendidas a 30 días en algunas provincias, y la eliminación de cuotas en el último año de preescolar—, los números no responden. En 2024, apenas 9.54 millones de nacimientos se registraron: un leve repunte, pero más un eco del Año del Dragón que una reversión de tendencia.
Detrás de esos dígitos hay historias reales. “No me disgustan los niños, pero no quiero ser la única que carga con su futuro”, dice Lin, de 38 años, ingeniera en Hangzhou. Su testimonio no es excepcional. Según encuestas, 59.4% de los universitarios consideran la paternidad irrelevante, y entre las mujeres, esa cifra se eleva. La presión no viene solo de la economía —aunque criar un hijo hasta la universidad cuesta 680 mil yuanes, más de seis veces el ingreso promedio anual—, sino de un sistema que aún espera que la mujer lo haga todo: trabajar, cuidar, educar, y hacerlo sin apoyo real.
En Shanghai, una madre de dos hijos cuenta que su esposo solo participa en los fines de semana, y solo si no hay reuniones importantes. En Chengdu, una pareja pospuso tener hijos por tres años porque el costo de una tutoría de matemáticas para un niño de primaria superaba su renta mensual. En Wuhan, las clínicas reportan un aumento del 40% en solicitudes de anestesia epidural —no por miedo al dolor, sino porque “no quiero que mi cuerpo sea el precio de un hijo que nadie más quiere compartir”.
Las políticas públicas, aunque ambiciosas, chocan con una realidad más profunda: la nueva generación no rechaza la familia, rechaza la desigualdad. Y en un país donde el acceso a la vivienda, la educación y la salud sigue siendo una carrera de obstáculos, la decisión de no tener hijos ya no es un acto de rebeldía —es una forma racional de supervivencia.