Fue un momento de claridad en medio de una operación migratoria que, según testigos, había convertido barrios residenciales en zonas de control militar. “Depende de la situación”, había respondido el comandante Greg Bovino cuando se le preguntó por el uso de gas lacrimógeno contra familias que salían a recoger dulces. Su respuesta, tan vaga como inquietante, resonó como una justificación para lo inaceptable.
La jueza Sara Ellis no se conformó con eso. Exigió más que palabras. Le ordenó a Bovino presentarse cada día a las 18:00 horas, con un informe detallado de cada detención, cada despliegue, cada uso de fuerza durante la Operación Blitz Medio Oeste. No se trató de una advertencia simbólica: fue un mecanismo de rendición de cuentas en tiempo real, diseñado para evitar que la maquinaria burocrática se descontrole.
Lo que ocurrió el sábado 25 de octubre no fue un error aislado. Vecinos describieron cómo agentes, con chalecos blindados y máscaras, bloquearon calles donde niñas de cinco años iban disfrazadas de calabazas y princesas. Cámara tras cámara captó el momento en que el gas se extendió entre los globos y los sacos de dulces. Nadie lanzó piedras. Nadie gritó consignas. Solo se escuchaba la risa de los niños y el silbido de los proyectiles.
Bovino admitió que “la gran mayoría de sus agentes llevan cámaras corporales”, pero él mismo no. Una omisión que, en el contexto de una operación bajo intensa vigilancia pública, se volvió símbolo de una desconexión entre la autoridad y la comunidad que dice proteger.
La Operación Blitz, que según sus propios datos ha generado cerca de 3.000 detenciones en el área metropolitana de Chicago, se ha extendido más allá de los puntos de control tradicionales. Se ha infiltrado en las rutinas cotidianas: en las escuelas, en los parques, en las fiestas de barrio. Y en La Villita, donde el 78% de los residentes son de origen latino, esa presencia no fue percibida como seguridad, sino como invasión.
La jueza no dictó una nueva ley. Solo recordó una que ya existía: “La fuerza debe ser proporcional a la amenaza”. Y en una noche de Halloween, la amenaza más grande no fue un adulto sin documentos. Fue la idea de que un niño disfrazado podría ser un enemigo.