Lo que Trump llamó “pruebas de armas nucleares” no es lo mismo que lo que el ejército hace todos los meses: lanzamientos de misiles balísticos intercontinentales, simulaciones de carga nuclear, pruebas de precisión y sistemas de guía. Esos sí son rutinarios. Pero detonar un artefacto nuclear —como se hizo por última vez en 1992 en el desierto de Nevada— es algo completamente distinto. Algo que incluso bajo gobiernos más agresivos, se consideró tabú. No por miedo, sino por conveniencia: el tratado de prohibición de pruebas nucleares, aunque nunca ratificado por el Senado estadounidense, sigue siendo el marco invisible que ha evitado una nueva carrera armamentista.
En Moscú, Putin celebró el anuncio como un “error estratégico” —aunque no lo dijo en voz alta. Lo que sí hizo fue reiterar que Rusia no ha realizado pruebas nucleares desde 1990, pese a haber revocado su adhesión formal al tratado en 2023. En Pekín, el portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores, Guo Jiakun, respondió con frialdad: “China espera que EE.UU. cumpla sus obligaciones”. Ni una palabra sobre sus propios avances en armas hipersónicas. Pero sí un tono que dejaba claro: si Washington enciende la mecha, ellos no se quedarán con las manos cruzadas.
Lo más inquietante no es lo que dijo Trump, sino lo que no explicó. ¿Dónde se harían las pruebas? “Se anunciará”, respondió, como si fuera un lanzamiento de producto. ¿Cuánto tiempo tomaría preparar el sitio de Nevada? Expertos como Daryl Kimball, del Arms Control Association, calculan al menos tres años para volver a poner en funcionamiento los sensores, las infraestructuras subterráneas y los protocolos de seguridad abandonados hace décadas. Y eso, sin contar con la oposición de Nevada, donde las comunidades locales aún recuerdan el polvo radiactivo que cayó sobre sus tierras en los años 50.
En Hiroshima, Jiro Hamasumi, secretario general de Nihon Hidankyo —organización galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2024— declaró que la propuesta de Trump “es un golpe directo a quienes sobrevivieron para recordar”. En Nagasaki, los veteranos de la guerra no hablan mucho. Pero en los jardines de los hospitales donde aún se atienden las secuelas de 1945, se escuchan frases como: “No nos creíamos que volveríamos a oír esto”.
Entre tanto, en Busan, mientras Trump y Xi Jinping firmaban acuerdos comerciales sobre semiconductores y energía limpia, el tema nuclear apenas fue mencionado. El presidente estadounidense evitó responder preguntas directas. En el avión presidencial, cuando le preguntaron si estaba dispuesto a una nueva era de ensayos nucleares, solo respondió: “Nosotros tenemos más. Ellos están probando. Entonces, ¿por qué no nosotros?”. No hubo mapa. No hubo cronograma. Solo una lógica que suena como una reacción, no una estrategia.
En el desierto de Nevada, los guardias de la base de Yucca Flat ya revisan los sensores de radiación que llevan años apagados. En las salas de control de la Fuerza Aérea, los ingenieros consultan archivos digitales de los años 80. Y en los laboratorios de Los Alamos, algunos científicos, sin decir palabra, han empezado a encender las computadoras que nunca apagaron del todo.