El apagón, que dejó a más de 1.3 millones de habitantes sin electricidad en la capital brasileña, se inició el 10 de diciembre tras la tormenta ciclónica extratropical que azotó la región con vientos de hasta 100 km/h. La madrugada del 11, la compañía eléctrica Enel, controlada por capitales italianos, reconoció que el retorno de la energía tardaría significativamente en algunas zonas, dejando a más de 900 000 inmuebles sin luz.
En las primeras horas, los equipos de intervención de Enel se desplegaron en los principales nodos de la red. Sin embargo, la magnitud del fenómeno superó las previsiones de la empresa, que reportó que 2.2 millones de clientes habían sufrido cortes y que solo 1 millón había sido restablecido al cierre de la jornada.
El ciberataque en la infraestructura eléctrica también generó caos en los aeropuertos de Congonhas y Guarulhos, donde cientos de vuelos quedaron cancelados o retrasados. Las autoridades locales exigieron a Enel presentar un plan robusto para futuras emergencias mientras las imágenes de los camiones de la compañía se volvieron virales, alimentando la indignación de la ciudadanía sobre la gestión de la crisis.
Los impactos fueron múltiples: sin luz, los semáforos se estancaron, la señal de telefonía móvil se debilitó y en los hogares la falta de refrigeración provocó la pérdida de alimentos y daños en electrodomésticos. En el sector público, se denunció la imposibilidad de operar servicios críticos y hospitales que dependían de generadores de respaldo.
Los municipios más golpeados por el temporal incluyen además de São Paulo, Campos do Jordão, Itapeva, Mairiporã, Franco da Rocha, Apiaí, Iguape, Piracaia, Santa Isabel, São Luiz do Paraitinga y Peruíbe. Los daños se sumaron a la caída de más de 231 árboles, lo que complicó las labores de restablecimiento de la red.
A raíz de la tormenta, especialistas explican que el ciclón extratropical es un sistema de baja presión que surgió por el choque entre masas de aire frío y caliente, sin alimentarse del calor oceánico como los huracanes. Su rapidez y variabilidad lo hacen particularmente peligroso, especialmente en el sur de Sudamérica.
Con la luz finalmente restablecida en la mayoría de las áreas, las autoridades prometieron reforzar la vigilancia y la respuesta ante futuros eventos climáticos extremos, mientras la población se prepara para la incertidumbre que todavía persiste en las sombras del pasado apagón.