El silencio de la oración del viernes en el sur de Islamabad fue desgarradoramente interrumpido por una detonación que ha sumido a Paquistán en el luto. Un atacante suicida se inmoló en el interior de la mezquita Khadija Al-Kubra, un centro de culto chií en la zona de Tarlai, justo cuando el recinto albergaba a una multitud de fieles. El último balance oficial de las autoridades distritales confirma la muerte de 31 personas, aunque el temor de que la cifra aumente persiste debido a que muchos de los 169 heridos se encuentran en estado crítico.
Las escenas tras la explosión fueron calificadas por los rescatistas como devastadoras: el suelo alfombrado, destinado a la paz y el rezo, quedó cubierto por los estragos del ataque mientras policías y civiles colaboraban en el traslado urgente de los afectados. Aunque hasta el momento ningún grupo extremista ha reivindicado la autoría del crimen, las sospechas de los servicios de inteligencia apuntan hacia el Talibán paquistaní (TTP) o el Estado Islámico, organizaciones que han atacado sistemáticamente a la minoría chií en el pasado.
Este atentado ocurre en un momento de especial vulnerabilidad y vigilancia, coincidiendo con la visita oficial del presidente de Uzbekistán, Shavkat Mirziyoyev, a la capital. Tanto el presidente Asif Ali Zardari como el primer ministro Shehbaz Sharif condenaron el acto, calificándolo como un "crimen contra la humanidad" y ordenando una investigación exhaustiva para dar con los responsables. La violencia insurgente ha mostrado un repunte alarmante en meses recientes, rompiendo la relativa calma que solía caracterizar a Islamabad en comparación con las provincias fronterizas.
La magnitud de esta tragedia evoca recuerdos dolorosos para la ciudad, siendo uno de los ataques más letales en la capital desde el atentado al Hotel Marriott en 2008. Mientras los hospitales locales luchan por salvar la vida de los sobrevivientes, la nación enfrenta el desafío de contener una ola de terrorismo que parece expandirse desde las zonas insurgentes de Baluchistán hasta el corazón político del país, golpeando a la población civil en sus espacios más sagrados.