“No mezclen el fútbol y la política” fue una de las consignas más repetidas en la Copa Mundial 2026, pero la ceremonia de sorteo en el Centro John F. Kennedy demostró que la separación es más aspiracional que real. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, entregó al expresidente de EE. UU., Donald Trump, un premio por su “promoción de la paz y el cese de conflictos globales”, generando una controversia que ha puesto en el foco la relación entre deporte y poder.
El galardón, anunciado el 5 de diciembre, coincidió con la nominación de María Corina Machado al Nobel de la Paz y se presentó como reconocimiento a la supuesta influencia de Trump en la reducción de tensiones en Gaza, Ucrania, África y Oriente Medio. En el mismo acto asistieron los coanfitriones del torneo, Claudia Sheinbaum y Mark Carney, reforzando la percepción de una alianza política entre la FIFA y los países organizadores.
Otro ejemplo citado fue el Mundial de Argentina 1978, celebrado durante la dictadura cívico‑militar de Jorge Rafael Videla, donde el torneo sirvió como vitrina de propaganda del régimen. Zalduendo también mencionó el repechaje de Chile para el Mundial de Alemania 1974, bajo el gobierno de Augusto Pinochet, como parte de una “tradición” de la FIFA de adaptar su discurso a los gobiernos de turno.
El investigador ha recopilado sus hallazgos en el libro La Selección de los Valientes, coescrito con el ilustrador Tacho y publicado por Editorial Tajante. En él, se explora la intersección entre fútbol, sociedad y política, tema que también aborda en su proyecto “Fútbol y política”, el podcast “Fútbol Rebelde” y diversos artículos.
La entrega del premio a Trump plantea una pregunta central: ¿hasta qué punto la FIFA debe mantener una postura neutral cuando el deporte se celebra bajo la égida de gobiernos con agendas políticas controvertidas? La respuesta seguirá alimentando el debate durante todo el torneo.