Del 27 de octubre al 28 de noviembre de 2025, cualquier estudiante con número de cuenta activo podrá acceder a una encuesta que no pregunta por calificaciones ni asistencias, sino por lo que pesa en el pecho: “¿Has sentido que nada tiene sentido en los últimos días?”, “¿Te ha costado dormir porque tu mente no se apaga?”, “¿Has usado alcohol o drogas para callar el ruido interno?”. Son preguntas que no se hacen en los pasillos, pero que ahora, en privado, pueden responderse sin miedo.
Detrás de esta iniciativa no hay solo burocracia. Hay psicólogas y psicólogos de la Facultad de Psicología, trabajando junto con especialistas del Instituto Nacional de Psiquiatría. La misma equipo que diseñó Mi salud también es mental durante la pandemia —la herramienta que salvó vidas en más de 12 países— ahora adapta su metodología al ritmo de una generación que creció con notificaciones, pero sin espacios para respirar.
La plataforma, accesible en www.saludmental.unam.mx, garantiza anonimato absoluto. No se vinculan respuestas con nombres, ni con carreras. Solo se recopilan patrones: cuántos en Ciencias Políticas reportan ansiedad crónica, cuántos en Medicina tienen síntomas de agotamiento, cuántos en Arquitectura usan estimulantes para mantenerse despiertos. Es un mapa de dolor invisible, que antes se ignoraba por falta de datos.
Y no es solo diagnosticar. El 14 de noviembre, además de la encuesta, se liberarán en la misma plataforma infografías interactivas, videos de menos de 90 segundos con técnicas de regulación emocional, y herramientas autogestivas para manejar el insomnio, reducir el consumo de alcohol, o recuperar la concentración tras horas de pantalla. Cada módulo se recalibra con cada respuesta: si muchos marcan “no puedo dormir”, la plataforma responde con ejercicios de respiración guiada; si muchos señalan “me siento solo”, activa grupos de apoyo virtuales.
Lo que distingue a esta estrategia no es su alcance, sino su inteligencia. No se trata de una campaña de concientización. Es un sistema vivo que aprende de quien lo usa. Y si una persona, tras responder, muestra riesgo alto de depresión o ideación suicida, el sistema no la deja sola: con su autorización explícita, se activa un protocolo de acompañamiento —no de intervención forzada— que conecta con un psicólogo de su misma facultad, alguien que conoce su entorno, sus horarios, sus presiones.
La UNAM ya no solo forma profesionistas. Está aprendiendo a cuidar a quienes la habitan. Y lo hace sin gritos, sin folletos, sin discursos. Con código, con silencio, y con una pregunta que, por fin, no se avergüenza de hacer: ¿Cómo estás, en realidad?
