A medida que la temperatura se adentraba en los 18 grados, un murmullo creciente se acercó de la avenida Paseo de la Reforma. Miles de mujeres, de todas las edades, se alinearon como una ola de colores y sonidos, con tambores que resonaban como latidos y caracoles que vibraban al ritmo de consignas. Los pañuelos verdes y morados, colgados de cuello o enclavados en el puño, se unieron a carteles brillantes que pedían justicia y denuncian la violencia que corre por la sangre de las mujeres de México.
Clara Brugada, jefa de Gobierno, calificó la jornada pública de “saldo blanco” y confirmó la cifra de más de 120 mil participantes. La jefa, quien hizo un breve comentario durante la ceremonia de cierre, también mencionó que, al final, un grupo mayoritariamente masculino provocó actos vandálicos contra un edificio gubernamental, y la policía recuperó botellas de alcohol, aerosoles y martillos entre las ruinas.
La marcha empezó a las 12 del mediodía, con todas las generaciones en una sola voz: niños, madres buscadoras y abuelitas, todas unidas frente al Zócalo. Demandaban no sólo un aumento de presupuestos para enfrentar la violencia de género, sino también la creación de refugios más sólidos, fiscalías especializadas y una actualización de los mecanismos de búsqueda de personas desaparecidas. Se gritó “¡Ni una más!” y “¡El que no brinque es macho!” en un coro que resonó en las plazas y la histórica avenida 5 de Mayo.
Entre las pancartas, nombres y rostros quedaron impresos, como el de Dafne Evelin, desaparecida en diciembre y encontrada en enero. Isabel García, una amiga del caso, sostuvo la cartulina morada con las letras de la víctima y juró “Hoy recordamos que Dafne Evelin ya no está”. Se reveló que el caso fue catalogado de feminicidio, con el exnovio como posible responsable. Otra historia resonó, a través de José Luis Castillo, quien lleva 16 años buscando a su hija Esmeralda, desaparecida en 2009 en Ciudad Juárez a los 14 años.
La presencia del bloque negro introdujo otro tono en la jornada. Intentaron derribar el tapiado del Zócalo y, en la avenida 5 de Mayo, golpearon vallas metálicas que protegían comercios. Algunas manifestantes pintaron slogans y provocaron destrozos en una tienda de conveniencia antes de ser guiadas por la policía y la seguridad privada.
El Palacio Nacional sirvió de lienzo para la memoria. Las mujeres pegaron carteles, fotografías y nombres de víctimas de feminicidio y desapariciones en la valla metálica, transformándola en un muro de voces interrumpidas y demandas a las autoridades. Los rostros y fechas adheridos a la estructura del edificio se convirtieron en una crítica viva del silencio que, de hecho, se derrumba con cada palabra escrita.
Al terminar la marcha, muchas mujeres quedaron en el Zócalo. En la noche, mientras el fuego iluminaba su reflejo en los carteles quemados, los ecos de las consignas persiste en el aire: “Violentos son los que provocan la desigualdad social, no los que luchan contra ellos” y “Las mujeres trabajadoras queremos más estancias gratuitas”. El clima nocturno, cargado de esperanza y de la visión de un futuro sin violencia, quedó marcado en el recuerdo de quienes aún caminan por la avenida con la misma pasión que las que participaron esta mañana.