Pero desde hace un par de semanas, el olor a petróleo comenzó a competir con el de la sal y el de la comida recién hecha. Y cuando las manchas oscuras empezaron a aparecer cerca de los muelles, la paciencia se agotó.
La protesta no fue improvisada. Desde temprano, pescadores, buzos que sacan moluscos a mano, dueños de fondas y familias enteras se dieron cita en la comunidad de La Ventosa. Caminaron con pancartas en mano hasta las puertas de la Refinería Antonio Dovalí Jaime, una mole industrial que, según ellos, lleva años descargando sus desechos en el mismo lugar donde ellos intentan ganarse la vida. Llevaban un documento con varias exigencias, pero había una que resonaba más fuerte: que Petróleos Mexicanos reconozca, de una vez por todas, que el pasado 23 de junio hubo un derrame que ellos aseguran haber visto con sus propios ojos.
Margarita Domínguez, agente municipal de La Ventosa, fue una de las voces que enfrentó a los representantes de Pemex. Con tono firme, pidió que se contrate a una empresa especializada para limpiar tanto la tierra como el mar. «No queremos parches, queremos una solución real», dijo, mientras los manifestantes asentían. Detrás de ella, un cartel exigía el retiro de los cuatro ductos emisores que, según los habitantes, siguen vertiendo residuos a escasos metros de las zonas de pesca. El problema, aseguran, no es de ahora: desde 2022 contabilizan al menos 59 fugas relacionadas con hidrocarburos en la zona, sin que hasta el momento haya una respuesta definitiva.
La Directora de Ecología del municipio de Salina Cruz, Diana González, respaldó las denuncias. Durante los recorridos que realizó en los últimos días, dijo haber encontrado manchas negras, viscosas y con un olor penetrante a petróleo que se extendían por unos tres kilómetros mar adentro y seis kilómetros de playa. «No es un rumor, es lo que vimos», señaló. Frente a eso, la postura de Pemex ha sido tajante: tras inspecciones realizadas junto con la Secretaría de Marina los días 23 y 24 de junio, la empresa aseguró que no hay evidencia de un derrame y que las imágenes difundidas en redes sociales no corresponden con la realidad actual de la bahía.
Los pescadores, sin embargo, no se tragan esa versión. Para ellos, el problema va más allá de una discusión técnica: se trata de su economía y su salud. Los moluscos y otras especies que antes se vendían sin problema ahora generan desconfianza, y nadie quiere comprar algo que pueda estar contaminado. «De qué nos sirve que digan que no hay nada, si nosotros dejamos de comer y de ganar dinero», comentó uno de los buzos que participó en la marcha. La comunidad advierte que si no obtienen respuestas concretas, volverán a movilizarse, porque el mar no puede esperar mientras los informes oficiales dicen una cosa y el olor a crudo dice otra.