Una de esas figuras que convirtió el dolor en fuerza es también una de las actrices más icónicas de los 90.
Demi Moore, la estrella de cintas como "Ghost" o "G.I. Jane", guarda en su pasado una infancia que dista mucho de los cuentos de hadas. Nacida en 1962 en Roswell, Nuevo México, su vida familiar fue un vaivén de ciudades y carencias. "No teníamos raíces, solo maletas", confesaría años después.
El detalle más crudo de su niñez gira en torno a su madre, Virginia King, quien luchó contra adicciones y depresión. En su autobiografía "Inside Out" (2019), Moore relata escenas desgarradoras: "A los 12 años, le quitaba las pastillas de las manos. No entendía por qué quería irse para siempre". La ausencia de un padre estable y el abuso sexual que sufrió a los 15 años —por un hombre que alegó haber "pagado a su madre"— fueron heridas que tardarían décadas en sanar.